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jueves, 31 de diciembre de 2015

Simona Kossak, la 'bruja de los bosques'


Hoy estuve leyendo esta bonita historia (ver fuente) y quise  
traducirla para mi blog: 






Simona Kossak
1943 - 2007, 

polaca, fue una científica, una ecologista que ha luchado por la protección de las más antiguas selvas de Europa, una documentalista pluri premiada, una zoo-psicóloga y una conductora radiofónica.


Por más de treinta años ha vivido en una choza en la selva de Białowieża. La llamaban bruja porque hablaba con los animales. Preparó un refugio por ellos y un estudio veterinario para curarlos: una lince dormía en su cama y una hembra de jabalí, Żabka, vivió con ella por 17 años. Simona también crió una camada de ciervos que la creyeron su madre e hizo amistad con el famoso cuervo-terrorista que hacía villanías contra todos los demás.


Las frases siguientes se encuentran en el libro de Anna Kamińska 
“Simona. Opowieść o niezwyczajnym życiu Simony Kossak”, de 2015.  Las imágenes son de Lech Wilczek.

"La gente dijo del cuervo que era un grosero criado y un ladrón. Korasek, este era su nombre, aterrorizó a mucha gente de Białowieża. Robó paquetes de cigarrillos, cepillos, tijeras, herramientas de corte, trampas para ratones y cuadernos. Atacaba a los ciclistas y, cuando caían, hacía trizas los asientos de las bicicletas. Robaba las salchichas a los leñadores en los bosques e hacía agujeros en los bolsos de las compras. La gente pensaba que Korasek fuese una forma de castigo para los pecadores".


A los amigos de Simona les robó de todo, llaves de los coches, documentos, etcétera... pero bastaba con prometerle un huevo e insistir un poco y Korasek, aunque de malas ganas y con bien poca gracia, devolvía el botín. 


"Simona contó: Un día los ciervos, que crié con el biberón y que por muchos años me siguieron en los bosques, manifestaron señales de miedo y no quisieron entrar en la selva a pastorear. Como me dirigí hacia allá se pararon, las orejas alzadas y el pelo recto sobre el trasero. Debía de haber algo muy amenazador en la selva. Atravesé mitad del espacio abierto y me paré, porque los ciervos estaban produciendo un terrible coro de ladridos a mis hombros.


Me volví, y cinco de ellos, rígidos sobre las patas, me miraban y me llamaban: ¡No vayas, no vayas, allá abajo está la muerte! Tengo que admitirlo, quedé de emplaste pero al final fui. Y encontré huellas de una lince, una lince atravesó la selva. Encontré sus heces más adelante. ¿Qué había sucedido? Un carnívoro había entrado en la granja, los ciervos lo notaron y se asustaron. Luego vieron a su "madre" ir hacia la muerte, completamente inconsciente, y tuvieron que avisarla. Para mí, lo digo honestamente, aquel día fue una conquista. Atravesé el confín que nos separa de los animales, un muro que no parecía posible derribar. Si me avisaron, eso quiso decir una sola cosa: eres un miembro de la manada, no queremos que tú seas herida. He revivido este momento muchas veces y hasta hoy, cuando pienso en ello, se me estremece el corazón". 


La madre cierva se haba acercado a la choza, había aceptado el azúcar ofrecido por Simona y luego había dado a luz a sus cachorros en aquel lugar hospitalario.





"Con el tiempo, otros animales aparecieron en el refugio de Simona. Una cigüeña negra (Simona le preparó un nido en su misma habitación), un perro salchicha y una lince hembra que dormían con ella, y unos pavos reales. Los curaba, los abrazaba, los observaba. Crió dos alces huérfanos. 

Llevaba al ratón hembra Kanalia en la manga, porque el animalito temía los espacios abiertos. Hospedaba los grillos en un contenedor de vidrio. Predecía que tiempo habría hecho estudiando los murciélagos que habitaban en el sótano. El grupo de huéspedes iba aumentando de año en año.


En el invierno del 1993, Simona empezó su batalla para salvar linces y lobos de Białowieża de la extinción. Los investigadores de la academia polaca de las Ciencias planeaban efectuar estudios telemétricos, poniendo collares con transmisores radio a los animales. Pero primera hubieran tenido que capturarlos. Se descubrió que los investigadores habían puesto trampas para lobos y lincea del tipo prohibido por la ley polaca. Simona Kossak les enseñó a los periodistas lo que encontró en los bosques: pesadas trampas metálicas. Para abrirlas se necesitaban dos hombres. 

Poco después de la denuncia de Simona y la eliminación de las trampas, una manada de lobos se acercó a su casa en la selva, aullando terriblemente. 'Ha sido un himno de gratitud, por haber salvado sus vidas'. Les dijo a los periodistas la ecologista. Los lobos no se acercan nunca a los edificios si pueden evitarlo, son demasiado espantosos para ellos. Quizás hayan percibido el aura amigable que emana de la choza". 

(Maria G. De Rienzo)
Lunanuvola.wordpress.com






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